Elisa Gracia “Música en la mochila”.

No se me ocurre otra forma de presentarme que ésta:

Desde que somos muy niños (yo creo que desde que nacemos) estamos “obligados” a satisfacer determinados cánones sociales, a ser meros estereotipos. Rebelarse es muy difícil. La corriente nos arrastra y nos impide disfrutar de nuestra escasa libertad. Si eres diferente o no te identificas con “la inmensa mayoría” sufres el rechazo y la incomprensión de una sociedad alienada que no piensa por sí misma. El trabajo, los vínculos emocionales, la dependencia (de cualquier tipo)…, todo ello nos lleva a veces a tener que renunciar a ser nosotros mismos. La libertad es un ideal y una utopía. La literatura puede ser nuestro espacio de libertad si dejamos que fluya espontáneamente venda o no venda, guste o no guste. Hablo de la literatura como de cualquier manifestación artística o de cualquier inquietud personal que nos permita distanciarnos de ese engranaje social al que estamos supeditados.

Responde Fiona Kinghorn 😍😍😍😍😍Grandes verdades tienen tus palabras Elisa!!

Hoooolaaa Majeretas! Un honor estar en este grupo.

Elisa:

Soy feliz porque ahora eres tú quien me paseas, porque juntos respiramos la atmósfera entera, porque nuestros pies bailan unidos en la calle, porque ahora eres tú quien eliges mi camino, porque sueltas mi correa y me dejas jugar con otros niños, porque tú ahora eres mi dueño y yo tu mascota, porque sé que aunque me duela la vida tú nunca me sacrificarás y porque nos perderemos juntos en el Edén

Al principio había claridad en la penumbra. Los destellos de luz me
bañaban cada amanecer con su lluvia de colores. Seguía la estela
de mis sueños.

https://drive.google.com/file/d/19slGLWTEihJ2t3EAj7Cvi7CNYcE93GKP/view?usp=sharing

Me gusta que estar loco sea un oficio y también comparto con vosotros la evidencia de que muchos terapeutas carecen de sensibilidad y de empatía (y eso duele y mucho).

Tu boca callada sólo me hablaba de amor. Yo no entendía aquel extraño lenguaje metafórico. Me llamabas “Lunilla” y yo sólo veía en aquel satélite una luz mortecina y apagada que no brillaba en mi mirada. Me hubiera gustado ser el sol para lanzar destellos en la tierra y para revivir todo lo que perdimos iluminando tu cara. Me hubiera gustado arder en tu cuerpo y en tus ojos, pero tú seguías hablando aquel extraño lenguaje metafórico que yo no entendía. Te pedí un beso y juntos aprendimos cómo se expresa la carne. Aún escucho tus susurros hablándome desde el otro lado de la vida, donde no hay nada salvo el vacío de la muerte y ahora sí que entiendo aquel extraño lenguaje metafórico que te sueña en mi memoria.

Hace tiempo te levantaba de la cama porque tenía miedo. No le temía a este virus maldito sino a que dejaras de amarme, yo, que siempre deseé mi muerte pero jamás la tuya. Tú me enseñaste a amar. A veces mi corazón latía frenéticamente porque veía cómo desnudabas tu cuerpo entre las sábanas. Cuando me acercaba a ti ambos galopábamos juntos hacia el infinito del éxtasis y del placer. Un día dejaste de amarme, lo supe porque tus ojos ya no se empañaban de lágrimas cuando se emocionaban al verme sonreír. Siempre me decías que yo le daba cuerda a tu corazón. No me importa que ames a otra. Me importa que tú corazón siga latiendo con el frenesí de una nueva vida que empieza para ti ahora. Yo te estaré esperando, tumbada en las mismas sábanas en las que nos amamos tantas veces, desnuda, abierta. Beso tu fotografía y te escribo imaginariamente con la tinta de aquel bolígrafo que me regalaste. Aunque nos separe la distancia los dos seguimos siendo poetas, poetas del amor y de la belleza.

Jose CArlos: Estremecedor relato. Javier: Guapísimo 😻

Cuando una estrella se apaga deja ver la luz de la que estaba detrás, luminosa y fulgurante pero eclipsada por la otra. No quiero decir que una estrella tenga que morir para que otra luzca en su lugar sino plantear la duda de si la estrella que estaba delante resplandecía gracias a la luz de la que estaba detrás sin dejar entrever ni siquiera su rostro difuminado. Hay personas que con su afán de dominio y protagonismo no nos dejan ver a través de nuestros ojos y nos condenan a la oscuridad borrando incluso nuestro nombre en un Universo en el que la luz de unas estrellas debería servir también de luz para las otras luciendo todas a la vez con el mismo esplendor.

Cuando existe una dictadura o la imposición de unas ideas o de unas creencias o, como hoy en día, la tiranía de una sociedad capitalista que “cura” sus heridas a través del consumismo salvaje y de las modas no existe libertad expresiva porque, aunque intentes salvaguardar tus diferencias, la sociedad te margina y te rechaza.

Es muy difícil navegar a contracorriente y a veces tienes que renunciar a ser tú de cara a la galería y vivir una existencia que sólo se siente libre en soledad y que necesariamente se muerde la lengua cuando tiene que responder a las preguntas tópicas y típicas de la manada, totalmente alienada. La manada está moldeada también por el poder que, con la pobre pero complaciente promesa de proporcionarle “pan y circo”, la seduce y la manipula (y necesita cumplir con su promesa porque así se evita la subversión y la falta de sometimiento). Lo más difícil no es ser uno mismo sino atreverse a ser uno mismo de cara a los demás, lo cual supone sinsabores y frustraciones y, generalmente, ocasiona tantos daños que, para evitar conflictos (aunque luego los tengamos con nosotros mismos) llegamos a autocensurarnos aunque esto suponga castrarnos y aniquilar todo aquello que nos hace diferentes. Las personas que no se dejan llevar por la corriente son incómodas porque cuestionan lo que se da por sentado como si de un magisterio se tratase. Lo aconsejable es disfrutar con gente afín o en soledad del espacio de libertad que proporciona el arte si no es panfletario o está al servicio del poder. Y no sólo se trata de imposiciones políticas sino de otras tiranías absolutistas dentro de la propia “cultura” que no permiten concesiones. En la Edad Media nadie se atrevía a cuestionar a Aristóteles o rebelarse contra la física de Newton era un sacrilegio. Por eso se necesitan espíritus críticos pero sobre todo rebeldes que de forma inteligente hagan que lo desfasado y trasnochado quede atrás, en el pasado, que es donde tiene que estar ubicado como reflejo de una época ya caduca y sin recursos.

Cuando mi mente se aletarga y el tiempo que dedico al estudio (alterado por mis fantasías y mi necesidad de soñar) es inútil y estéril recuerdo mi infancia. Desde niña necesité largas horas de trabajo para retener tan solo cuatro conceptos. Sacaba buenas notas pero no merecía la pena derramar tantas lágrimas y sentir el sudor frío de mi piel para aprobar o “destacar” en cualquier asignatura. Interrumpí mis juegos pueriles en los que mis muñecos se formulaban unos a otros preguntas sin respuesta (siempre mi “alma” fue muy filosófica) en busca de “logros” que no me satisfacían y que me obligaban a exigirme más y más. Tenía que aprenderlo todo memorísticamente y a través de asociaciones libres e indirectas. Siempre le pedía ayuda a “ella”. Nunca debí hacerlo porque al cabo de muchos años me acusó de haberle robado la vida y creo que no le faltaban motivos. Mi inteligencia no son más que jirones de palabras rotas que nunca aprendí a pronunciar, niebla espesa en la que se pierde hasta el sentido de cualquier frase fútil, destellos de alguna vieja y perdida lucidez… Cada delirio y cada ensoñación demasiado irreal me recuerdan la búsqueda imposible de encontrar un manual de instrucciones para ser “normal”. No quiero reflejarme en un cristal roto. No quiero mirar cómo transcurre la vida asomada a mi ventanal, sin formar parte de nada. No quiero desear cambiarme por cualquiera. Necesito encontrar un trabajo muy simple en el no se me tiranice. Necesito relacionarme con un ideal de persona que comprenda que soy “diferente”. Mis únicos amigos son los perros (siempre me sonríen) pero también necesito de la sonrisa de un niño. Necesito no ser mi enemiga. Y, lejos de que vea cumplido ningún anhelo, sólo hay burbujas y pompas de jabón en los que refugiarme del peligro de existir. El precio de la vida es demasiado caro.

Desde muy niña estudiaba sin parar para alcanzar el sueño más
estúpido que una persona carente de tacto y de sensibilidad puede soñar.
Quería ser médico, simplemente por poseer el título de Doctora, por la
admiración y la veneración que supondrían sus sorprendentes
descubrimientos que salvarían a la humanidad de enfermedades mortales,
crónicas, degenerativas, incurables…
(Descarga pdf)

En realidad no sé qué pasó. Éramos amigos, tal vez pudimos ser más. Nos
conocimos en la biblioteca de la Facultad. Él se conformaba con “pasar” los
exámenes. A mí me gustaba investigar. Él era un ávido lector, devoraba los
libros y los releía hasta casi memorizarlos. Yo tomaba notas de cada aspecto
gramatical, fonético, sintáctico…, desmenuzando, analizando, planteándome una
y otra vez cada cuestión, el significado oculto de cada poema, de cada estrofa,
de cada verso. ….
(Descarga pdf)

Repasaba la cartelera con el celador. Era un hombre elegante. Me
refiero a ese tipo de elegancia espiritual de los que leyendo hojas de papel se
manchan los labios de tinta. “Si no te gusta el cine, ¿por qué no pruebas con
un concierto?” Me encogí de hombros. ¿Qué era la música? ¿Ruido de
tambor o silbido de flauta? ¿Cabellos bailando o pies marcando el compás?
¿Ritmo de pesadilla o muerte de monotonía? El celador chasqueó la lengua y
me propuso que aquella noche regresase con el problema resuelto. “Música
es el latido de lo que vibra. Encuéntralo.”..
…(Descarga pdf)

Publicado por Patus

Doctor en Psiquiatra. Profesor Universidad Zaragoza. Tutor de Residentes psiquiatría. Página web: https://sites.google.com/site/jldiasahun2/

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